La película de tu vida...

La película de tu vida
se proyecta a todo color,
si querés entrar al cine a verla no esperes
al acomodador

El Robot Bajo el Agua, "El acomodador" (del disco: La óptica espacial desde el corazón)

Pero en la Historia, como en la vida...

Pero en la Historia, como en la vida del hombre, el lamentarse no devuelve una ocasión perdida. En miles de años no se repone lo que se pierde en una sola hora.

Stefan Zweig, La conquista de Bizancio (29 de mayo de 1453)

(en: Momentos estelares de la humanidad (catorce miniaturas históricas), Barcelona: El Acantilado, 2002, p. 66)

Era un poco filósofo, Albert...

Era un poco filósofo, Albert, todos los buenos mecánicos lo son, tal vez usted no lo crea, Monsieur, pero estudiando automóviles se aprende cantidad de cosas, la vida es un engranaje, una ruedecilla aquí, una bomba allí, y además hay una correa de transmisión que lo une todo y transforma la energía en movimiento, exactamente igual en la vida, un día me gustaría entender cómo funciona la correa de transmisión que une todas las piezas de mi vida, el concepto es el mismo, habría que abrir el capó y quedarse allí estudiando el motor que zumba, unirlo todo, todos los instantes, las personas, las cosas, decir: esto es el bloque motor, eran mis días de entonces, esto es Albert, fue el motorcito de puesta en marcha, esto era yo, los pistones con la cámara de explosión, y esto es la bujía, que hizo saltar la chispa del encendido; y ahora, arriba, nos vamos. La chispa fue Miriam, naturalmente, usted ya lo ha entendido, pero ¿cuál debió ser la correa de transmisión? No la inmediata, esa fue un Bugatti Royale, eso es lo que le dije a Albert; sino la verdadera, la que une todas las piezas, la que hace que un coche se mueva de una manera determinada, con su ritmo, sus latidos, su impulso, su velocidad y su frenazo.

Antonio Tabucchi, Enigma

(en: Pequeños equívocos sin importancia, Barcelona: Anagrama, 1998, p. 36)

En ocasiones una solución parece plausible...

En ocasiones una solución parece plausible solo de ese modo: soñando. Tal vez porque la razón es miedosa, no consigue llenar los vacíos entre las cosas, establecer la plenitud, que es una forma de simplicidad, prefiere una complicación llena de agujeros, y entonces la voluntad confía la solución al sueño.

Antonio Tabucchi, Enigma

(en: Pequeños equívocos sin importancia, Barcelona: Anagrama, 1998, p. 30)

Lo importante, lo que tengo ante mí...

Lo importante, lo que tengo ante mí, lo que tengo que hacer si no quiero estar durante el breve resto de mis días lisiado, desfigurado e incompleto, es absorver en mi naturaleza todo lo que se me ha hecho, hacerlo parte de mí, aceptarlo sin queja, ni miedo, ni renuencia. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien.

Oscar Wilde, De Profundis

(Madrid: Siruela, 2000, p. 70)

Allí donde hay Dolor...

Allí donde hay Dolor hay terreno sagrado. Algún día te darás cuenta de lo que esto significa. Hasta entonces no sabrás nada de la vida.

Oscar Wilde, De Profundis

(Madrid: Siruela, 2000, p. 56)

El Amor se alimenta de la imaginación...

El Amor se alimenta de la imaginación, que nos hace más sabios que lo que sabemos, mejores que lo que sentimos, más nobles que lo que somos; que nos capacita para ver la Vida como un todo; que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales. Solo lo bello, y bellamente concebido, alimenta el Amor. Pero el Odio se nutre de cualquier cosa.

Oscar Wilde, De Profundis

(Madrid: Siruela, 2000, p. 38)

Los barrocos amaban los equívocos

Los barrocos amaban los equívocos. Calderón y otros como él elevaron el equívoco a metáfora del mundo. Supongo que les animaba la confianza de que, el día que despertáramos del sueño de estar vivos, nuestro equívoco terrestre quedaría finalmente aclarado. Les deseo que no hayan encontrado un Equívoco sin apelación. Esto, de todos modos, ya se verá.
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También yo hablo de equívocos, pero no creo amarlos; soy más bien propenso a descubrirlos. Malentendidos, dudas, comprensiones tardías, inútiles lamentaciones, recuerdos tal vez engañosos, errores tontos e irremediables: las cosas fuera de lugar ejercen sobre mí una atracción irresistible, casi como si fuera una vocación, una especie de pobre estigma desprovisto de sublimidad. Saber que se trata de una atracción recíproca no me sirve precisamente de consuelo. Podría consolarme la convicción de que la existencia es equívoca por sí misma y que nos distribuye equívocos a todos, pero creo que sería un axioma, tal vez presuntuoso, no muy distinto de la metáfora barroca.
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Antonio Tabucchi, Pequeños equívocos sin importancia
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(Barcelona: Anagrama, 1998, p. 7)

Entraron. Cenaron. Y allí mismo...

Entraron. Cenaron. Y allí mismo pasaron la noche con un sueño reparador. Las judías y el jamón que tan bien sabía guisar aquella curiosísima gente, la inexplicable aparición del borgoña que sus bodegas ocultaban, produjeron en Syme una efusión de cordialidad y bienestar. Su mayor tormento en todas aquellas aventuras había sido el sentirse solo. Entre aquella soledad y su situación actual en compañía de un aliado había un abismo. Digan en buena hora las matemáticas que cuatro es igual a dos por dos; pero pretendan que dos es igual a dos por uno: dos es igual a uno multiplicado por dos mil. Por eso, no obstante sus muchas desventajas, las sociedades van a parar siempre en la monogamia.

G.K. Chesterton, El hombre que fue jueves

(Madrid: Mestas, 2001, p. 94)

Querido Lord Darlington, ¡qué terriblemente depravado es usted!

Duquesa de Berwick: Querido Lord Darlington, ¡qué terriblemente depravado es usted!
Lady Windermere: Lord Darlington es un frívolo.
Lord Darington: ¡Oh! No diga eso, lady Windermere.
Lady Windermere: Entonces, ¿por qué habla tan frívolamente de la vida?
Lord Darlington: Porque creo que la vida es una cosa demasiado importante para hablar seriamente de ella.
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Oscar Wilde, El abanico de Lady Windermere
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(en: Oscar Wilde, Teatro: La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia, Madrid: Edaf, 1982, p. 139)

Estas visiones dispares...

Estas visiones dispares reflejan, en su tensión, las verdades paradójicas de la experiencia humana: que nos conocemos separados solo hasta el punto en que vivimos en conexión con otros, y que experimentamos la relación tan solo hasta el punto en que diferenciamos de nuestro yo a los demás.

Carol Gilligan, In a Different Voice

No es que fuera una mala persona...

No es que fuera una mala persona, de verdad. Pero es que no hace falta ser mala persona para destrozarle a uno.

J.D. Salinger, El guardián en el centeno
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(Madrid: Alianza Editorial, 1999, p. 11)

Enseñar es un dar...

Enseñar es un dar, un ofrecer; pero en el enseñar no se ofrece lo aprendible, sino que se da al alumno solamente la indicación de tomar para sí lo que ya tiene. Cuando el alumno adopta únicamente algo ofrecido, no aprende. Llega al aprender recién cuando experimenta lo que toma, como aquello que él mismo ya tiene. Un verdadero aprender hay sólo allí donde el tomar aquello que ya se tiene es un darse a sí mismo y se experimenta como tal. Por eso, enseñar no es otra cosa que dejar aprender a los otros, es decir, inducirse mutuamente a aprender. Aprender es más difícil que enseñar; pues sólo quien verdaderamente puede aprender –y sólo mientras puede– es el que verdaderamente puede enseñar. El verdadero maestro se diferencia del alumno únicamente porque puede aprender mejor, y porque quiere aprender con más propiedad. En todo enseñar quien más aprende es el que enseña.
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Este aprender es el más difícil: tomar conocimiento realmente y hasta el fondo, de lo que ya sabemos desde siempre. Este aprender, el único que nos importa aquí, exige mantenerse constantemente en lo que en apariencia es lo más obvio, por ejemplo en la pregunta acerca de lo que es una cosa. Preguntamos impertérritos acerca de la misma inutilidad manifiesta, considerada desde la utilidad; preguntamos lo que es la cosa, lo que es el instrumento, lo que es el hombre, lo que es la obra de arte, lo que es el estado, lo que es el mundo.

Martin Heidegger, La pregunta por la cosa
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(Buenos Aires: Sur, 1964, pp. 74-75)

Pero meditando un poco más sobre estas recurrentes caídas...

Pero meditando un poco más sobre estas recurrentes caídas, estos esquinazos que voy dándole al destino con la misma repetida torpeza, caigo en la cuenta, de repente, que a mi lado ha ido desfilando otra vida. Una vida que pasó a mi vera y no lo supe. Allí está, allí sigue, hecha de la suma de todos los momentos en que deseché ese recodo del camino, en que prescindí de esa otra posible salida y así se ha ido formando la ciega corriente de otro destino que hubiera sido el mío y que, en cierta forma, sigue siéndolo allá, en esa otra orilla en la que jamás he estado y que corre paralela a mi jornada cotidiana. Aquella me es ajena y, sin embargo, arrastra todos los sueños, quimeras, proyectos, decisiones que son tan míos como este desasosiego presente y hubiera podido conformar la materia de una historia que ahora transcurre en el limbo de lo contingente. Una historia igual quizá a esta que me atañe, pero llena de todo lo que aquí no fue, pero allá sigue siendo, formándose, corriendo a mi vera como una sangre fantasmal que me nombra y, sin embargo, nada sabe de mí. O sea, que es igual en cuanto la hubiera yo protagonizado también y la hubiera teñido de mi acostumbrada y torpe zozobra, pero por completo diferente en sus episodios y personajes. Pienso, también, que al llegar la última hora sea aquella otra vida la que desfile con el dolor de algo por entero perdido y desaprovechado y no esta, la real y cumplida, cuya materia no creo que merezca ese vistazo, esa postrera revista conciliatoria, porque no da para tanto ni quiero que sea la visión que alivie mi último instante. ¿O el primero? Este es asunto para meditar en otra ocasión.
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Álvaro Mutis, La nieve del almirante
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(en: Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, México: Alfaguara, 2000, p. 29)

El año en que dejé la escuela secundaria...

El año en que dejé la escuela secundaria en Los Ángeles adopté para el resto de mi vida el régimen de escribir un cuento por semana. Yo sabía que sin cantidad no podría haber calidad.
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Ray Bradbury

Diálogo de ruptura

Diálogo de ruptura
Para leer a dos voces,
imposiblemente por supuesto

—No es tanto que ya no sepamos
—Sí, pero sobre todo eso, no encontrar
—Pero acaso lo hemos buscado desde el día en que
—Tal vez no, y sin embargo cada mañana que
—Puro engaño, llega el momento en que uno se mira como
—Quién sabe, yo todavía
—No basta con quererlo, si además no hay la prueba de
—Ves, de nada vale esa seguridad que
—Cierto, ahora cada uno exige una evidencia frente
—Como si besarse fuera firmar un descargo, como si mirarse
—Debajo de la ropa ya no espera esa piel que
—No es lo peor, pienso a veces; hay lo otro, las palabras cuando
—O el silencio, que entonces valía como
—Sabíamos abrir la ventana apenas
—Y esa manera de dar vuelta la almohada buscando
—Como un lenguaje de perfumes húmedos que
—Gritabas y gritabas mientras yo
—Caíamos en una misma enceguecida avalancha hasta
—Yo esperaba escuchar eso que siempre
—Y jugar a dormirse entre nudos de sábanas y a veces
—Si habremos insultado entre caricias el despertador que
—Pero era dulce levantarse y competir por la
—Y el primero, empapado, dueño de la toalla seca
—El café y las tostadas, la lista de las compras, y eso
—Todo sigue lo mismo, se diría que
—Exactamente igual, sólo que en vez
—Como querer contar un sueño que después de
—Pasar el lápiz sobre una silueta, repetir de memoria algo tan
—Sabiendo al mismo tiempo cómo
—Oh sí, pero esperando casi un encuentro con
—Un poco más de mermelada y de
—Gracias, no tengo

Julio Cortázar

Para comenzar...

Inicio este blog con un poema de Hesse. No es propiamente una cita, es un poema completo, pero ahora comprenderán porque comienzo con él. En el año 1999 me fui de intercambio a Alemania durante los meses de enero a marzo. Estuve viviendo en Langwedel, un pueblito (de mil habitantes y una sola cabina de teléfono público en la única avenida principal) cerca de la ciudad de Kiel, al norte de Alemania. La experiencia fue fantástica, viví en casa de Julia Steen-Emsen (una joven, en esos momentos, de 16 años, que montaba a caballo e iba a fiestas todos los fines de semana) y su mamá, Waltraut. Con ambas la pasé de lo mejor, cultivamos una hermosa amistad entre las tres y guardo recuerdos hermosos de mi estancia por allá. Al partir, un 9 de marzo de 1999, Waltraut me hizo un regalo. Waltraut dirigía un café-galería de arte (que me hacía pensar en la casa de Hansel y Grätel, esa hecha con dulces), que constituía algo único en su especie en ese lugar: allí había exposiciones acompañadas de típicos postres alemanes, esos con harta crema batida; recitales de poesía de la mano del mejor chocolate caliente; sesiones de lectura y comentario de libros; talleres de creación literaria y de pintura para niños, cuya profesora, en muchas ocasiones, era la misma Julia; en fin, un lugar único en su especie. Si no había nada programado, no había nada mejor que sentarse al lado de la ventana y disfrutar del paisaje, campos cubiertos de nieve. También había una tienda en ese lugar, una tienda de objetos artísticos.
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Waltraut me hizo un regalo. Un cuaderno, un precioso cuaderno de su tienda que yo guardé desde entonces porque no sabía en qué utilizarlo. Es tan bonito, que no quería malgastarlo. Lo guardé durante años hasta encontrarle una función adecuada. Por supuesto la encontré: ahora es mi cuaderno de citas, el cuaderno donde anoto todas las citas que me voy encontrando en el camino.
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El poema de Hesse que coloco aquí para comenzar es el poema que Waltraut escribió en la primera página de ese cuaderno, como dedicatoria.


Stufen

Hermann Hesse

Wie jede Blüte welkt
und jede Jugend dem Alter weicht,
blüht jede Lebensstufe,
blüht jede Weisheit auch und
jede Tugend zu ihrer Zeit,
und darf nicht ewig dauern.
Es muss das Herz bei jedem
Lebensrufebereit zum Abschied
sein und Neubeginne,
um sich in Tapferkeit und
ohne Trauernin andere, neue
Bindungen zu geben.
Und jedem Anfang wohnt
ein Zauber inne,
der uns beschützt und der uns
hilft zu überleben.
Wir sollen heiter Raum um Raum durchschreiten,
an keinem wie an einer Heimat hängen,
der Weltgeist will nicht fesseln uns und engen,
er will uns Stuf' um Stufe heben, weiten!
Kaum sind wir heimisch einem Lebenskreise
und traulich eingewohnt,
so droht Erschlaffen!
Nur wer bereit zu Aufbruch ist und Reise,
mag lähmender Gewohnheit sich entraffen.
Es wird vielleicht auch noch die Todesstunde
uns neuen Räumen jung entgegen senden:
des Lebens Ruf an uns wird niemals enden.
Wohlan denn, Herz, nimm Abschied und gesunde!