Para comenzar...

Inicio este blog con un poema de Hesse. No es propiamente una cita, es un poema completo, pero ahora comprenderán porque comienzo con él. En el año 1999 me fui de intercambio a Alemania durante los meses de enero a marzo. Estuve viviendo en Langwedel, un pueblito (de mil habitantes y una sola cabina de teléfono público en la única avenida principal) cerca de la ciudad de Kiel, al norte de Alemania. La experiencia fue fantástica, viví en casa de Julia Steen-Emsen (una joven, en esos momentos, de 16 años, que montaba a caballo e iba a fiestas todos los fines de semana) y su mamá, Waltraut. Con ambas la pasé de lo mejor, cultivamos una hermosa amistad entre las tres y guardo recuerdos hermosos de mi estancia por allá. Al partir, un 9 de marzo de 1999, Waltraut me hizo un regalo. Waltraut dirigía un café-galería de arte (que me hacía pensar en la casa de Hansel y Grätel, esa hecha con dulces), que constituía algo único en su especie en ese lugar: allí había exposiciones acompañadas de típicos postres alemanes, esos con harta crema batida; recitales de poesía de la mano del mejor chocolate caliente; sesiones de lectura y comentario de libros; talleres de creación literaria y de pintura para niños, cuya profesora, en muchas ocasiones, era la misma Julia; en fin, un lugar único en su especie. Si no había nada programado, no había nada mejor que sentarse al lado de la ventana y disfrutar del paisaje, campos cubiertos de nieve. También había una tienda en ese lugar, una tienda de objetos artísticos.
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Waltraut me hizo un regalo. Un cuaderno, un precioso cuaderno de su tienda que yo guardé desde entonces porque no sabía en qué utilizarlo. Es tan bonito, que no quería malgastarlo. Lo guardé durante años hasta encontrarle una función adecuada. Por supuesto la encontré: ahora es mi cuaderno de citas, el cuaderno donde anoto todas las citas que me voy encontrando en el camino.
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El poema de Hesse que coloco aquí para comenzar es el poema que Waltraut escribió en la primera página de ese cuaderno, como dedicatoria.


Stufen

Hermann Hesse

Wie jede Blüte welkt
und jede Jugend dem Alter weicht,
blüht jede Lebensstufe,
blüht jede Weisheit auch und
jede Tugend zu ihrer Zeit,
und darf nicht ewig dauern.
Es muss das Herz bei jedem
Lebensrufebereit zum Abschied
sein und Neubeginne,
um sich in Tapferkeit und
ohne Trauernin andere, neue
Bindungen zu geben.
Und jedem Anfang wohnt
ein Zauber inne,
der uns beschützt und der uns
hilft zu überleben.
Wir sollen heiter Raum um Raum durchschreiten,
an keinem wie an einer Heimat hängen,
der Weltgeist will nicht fesseln uns und engen,
er will uns Stuf' um Stufe heben, weiten!
Kaum sind wir heimisch einem Lebenskreise
und traulich eingewohnt,
so droht Erschlaffen!
Nur wer bereit zu Aufbruch ist und Reise,
mag lähmender Gewohnheit sich entraffen.
Es wird vielleicht auch noch die Todesstunde
uns neuen Räumen jung entgegen senden:
des Lebens Ruf an uns wird niemals enden.
Wohlan denn, Herz, nimm Abschied und gesunde!

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